domingo, 25 de noviembre de 2007

La triste historia de la mujer sin calcetines

Hace tres días adelante me contaron la historia que rompió los cristales de mis lentes, la historia que entro repentina sin ser llamada por mis ojos y se quedo en mi cabeza, subió por mi memoria y luego intento escapar por mi boca pero ya era demasiado tarde, me la había tragado, navego por mis entrañas rozó mi corazón despertó a mi alma y se aferro a mi garganta como un pequeño niño a los pechos de su madre, aun así escuetos murmullos recorren mis dedos y es por eso que hoy estoy aquí escribiendo como atrapada en una caja musical muy antigua que nadie ha abierto hace tanto tiempo y de pronto la melodía dulce y taciturna escapa sin advertencias ni vacilaciones y quien pase cerca de ella se aplaca a la sensación melancólica de un recuerdo pasado que fue arrasado por una tormenta tropical pero que vuelve renaciendo desde los rincones mas profundos de la mente de algún elefante asiático contemplando mariposas. La forma de las cosas, los objetos, las plantas, los animales, los ruidos, los silencios, los lamentos fueron siempre su pasión dedicó su vida al arte de la contemplación a cultivar secretos prohibidos en el jardín de su memoria a las orillas de una playa abandonada cerca de un rincón de sentidos histriónicos camuflados y cada día cantaba canciones fugaces que hablaban de juramentos de orgullo y profecías y suspiraba mirando el ocaso de los días eternos de los días solitarios labrando esos secretos como si fuesen fragmentos de un tesoro que alguien algún día iría a buscar como si a alguien algún día le fueran a importar y ella cantaba cada vez mas cantaba y movía sus brazos y el viento acariciaba su cuerpo delicadamente y ella acariciaba al viento con sus dedos impermeables y ambos eran uno y uno eran ambos retrocediendo y alcanzando la sinfonía imberbe de la naturaleza omnipotente que envolvía aquellas tardes de danzas inmortales y susurraba Antagónica su nombre Antagónica ella la mujer de los ojos olvidados la mujer olvidada, la mujer de infinitas tardes navegas en los brazos del viento apasionado del viento libre, libre, esa mujer sin fundamentos la mujer que nunca usaba calcetines porque así como el viento ella también era libre y no necesitaba que en sus pies descalzos hubiese una muralla que le impidiera sentir la arena, sentir con sus palmas de piernas trigueñas, ella con su cabello extenso y negro naufragando sin remordimientos por el cielo azul que siempre la observa con sigilo y sin desmedro y así vivía ella cada día de su vida, intangible en su mundo inconcebible. Al despertar por las mañanas recibía a través de su ventana de cristal rosado el calido saludo del sol naciente en las costas de costillas hundidas y saltaba de su cama adornada con conchas y corales diáfanos hacia el baño sin paredes junto a un diván repleto de pequeñas burbujas retenidas en el tiempo en un momento en el que nadie estaba frete a ellas para observarlas y verlas estallar sobre el piso de cemento y ver su huella circularmente perfecta representaba fielmente el instante fugaz de la existencia de un sonido de un fragmento de segundo súbito de la explosión de las burbujas que dejan de flotar... (continuara… algún día)

martes, 20 de noviembre de 2007

¿Porque odio a las palomas?

Un cuento corto sin contar contado por duendes azules que a una fiesta van... A miel vatica de miel vatica...

domingo, 18 de noviembre de 2007



Fue un día triste como tantos otros, Sandra lavaba ropa en el fondo del jardín junto a una pila de botellas viejas sobre una bañera azul tan distante como sus ojos sombríos sus ojos perdidos en la distancia ecuánime entre un calcetín rojo y un zapato café. Un zorzal plateado consumía las últimas gotas de néctar de la última rosa fresca, y las nubes plateadas volaban con reposo ensombreciendo los vestigios de un sol impávido de un sol soñoliento, en el aire se sentía el perfume intacto de la tierra mojada y los ladridos de un perro fantasma marcaban el ritmo de un día como arrancado de un sueño, eran aproximadamente las 3 de la tarde en la casa ya no había nadie todos habían marchado pero aun quedaban los rastros de sus pasos los rastros de sus voces y movimientos los cuales Sandra aun percibía en su memoria retardada por lo triste de aquel día de noviembre de un año extraviado en la retina de algún espectador clandestino conmovido por la sombra tenue de una mujer lavando ropa ajena en el fondo del jardín de una casa de tantos de una casa de nadie, Aquella tarde por las mejillas de Sandra rodaban tres lagrimas sordas y se mezclaban con la lavaza imberbe y olorosa y como no lo hacia hace mucho miraba el cielo tratando de olvidar lo que quería recordar con tanto esmero, y sus manos mezcladas con la ropa de colores y el agua espumosa que comenzaba a absorber la suciedad, sus manos largas y delgadas esas manos de artista que se vieron forzadas a convivir con el trabajo diario y el sacrificio por sobrevivir en un mundo a veces injusto a veces… y el viento que repentino movía los árboles cansados por la espera de la lluvia que jamás llegó despertaron a Sandra se sus lagrimas huérfanas y el sonido de la puerta que se abre muy lejos y los pasos que se acercan lentos muy lentos que fácilmente no hubiesen podido oírse pero ella siempre los oía, era el, Alberto llegando de algún día pasado al hogar que siempre había abandonado, Alberto su Alberto…