martes, 23 de septiembre de 2008

Cartuturubú


“En el mundo de los titiriteros nunca fue un muy buen titiritero quien nunca domino el arte de titiritar sus propios dedos, sabias palabra brotaban de la boca de Alberta aquella tarde, el sol casi se esfumaba tras las colinas mustias de arces e higueras, y Alberta movía lento la lengua dentro de su boca sabía que la oía, sabía que podía leer sus labios de cartulina, sabía ella de mi presencia oculto en algún rincón de la habitación, pero prefería disimular a tal punto en que ni siquiera imaginaba que yo estaba allí, pero era cierto, eran ciertas sus palabras, en el mundo de los titiriteros todo ocurria tras los dedos, lo sabíamos bien, yo y ella veníamos de allí, Alberta y yo, yo y Alberta, solo que yo morí hace ya varios años y ella aun resiste con las uñas cada vez más cortas de sus manos cada vez más largas. Había un olor pegajoso en el ambiente, una mezcla de infusión añosa y crema de mandarinas, fue entonces que note como Alberta se refregaba las manos con un espeso menjunje color mantequilla y me introduje en un adorno de un ángel celeste rezando hacia el cielo y pensé en lo complicado que me resultaría rezar y mas aun en lo complicado que le resultaría rezar Alberta con ese menjunje entre los dedos y aturdidamente empujé al ángel que en vez de volar se fue boca abajo hacia el suelo y del sonido de la ceramica partida en cientos de pedazos y el grito del ángel la vista de Alberta llego hacía mis ojos, me descubrió.
En el mundo de los titiriteros conocimos a Cartuturubú un pequeño adefesio de colores agradables y nariz puntiaguda, era diminuto, casi invisible, solo podíamos verlo si realmente queríamos verlo porque de lo contrario lo veíamos pero no éramos capaces de reconocer lo que veíamos. Así como en este mundo en el mundo de los titiriteros había árboles de muchos colores y de muchos tamaños, la única diferencia entre los árboles del mundo de los titiriteros con los de este mundo era que en el mundo de los titiriteros los árboles podían caminar y gritar un nombre cada cuarto de siglo y era una bendición para el afortunado que oía su nombre gritado por un alerce fornido frente a un lago de espátulas carmines. Cartuturubú nos presento tantas maravillas en ese viaje que de seguro no olvidaremos.