martes, 14 de julio de 2009

Dos árboles azules

Había el cielo expirado sus últimos colores, el viento comenzaba a envolver lentamente con su aliento pasivo cada helecho, arbusto, roca, animal, flor o árbol que se cruzara en su camino creando así canciones secretas que solo ciertos seres podían interpretar, las estrellas se asomaban curiosas e inmersas en la oscuridad del cielo resplandecían; allí en medio de aquel paisaje sombrío y casi silencioso susurraban palabras dos árboles de follaje azul, azul intenso y al mismo tiempo azul transparente, hablaban aquellos árboles en un lenguaje muy antiguo, un lenguaje ya olvidado pero de vez en cuando recordado, entre movimientos circulares y ondulares de sus ramas y hojas comenzaban a recitar poemas muy sublimes que podían llegar a estremecer hasta la más invulnerable de las rocas, más tarde cuando la noche estuviese mas adentrada comenzaban a contar historias sobre viajes fantásticos hacia tierras lejanas; uno de los dos árboles decía que existía un manto de agua salado capaz de absorber todo un bosque en una noche y al aparecer el sol ya no dejar más que tierra amarilla partida en millones de millones de trozos minúsculos de rocas infinitamente pequeñas que brillaban casi tanto como las estrellas , el otro contaba la historia de un monito parlanchín que montó un espectáculo de libélulas salvajes que realizaban piruetas extraordinarias las cuales viajaron a través de muchos mundos mostrando sus actos y dejando atónitos a cada uno de los asistentes al espectáculo; ambos sabían que nunca se habían movido de allí y que la mayoría de sus historias provenían de sus hojas que singularmente habrían alcanzado distancias inimaginables y que de alguna manera se mantenían comunicadas con ellos a pesar de la distancia, por eso jamás desconfiaban de las historias que se contaban mutuamente, aunque a veces las historias eran tan extrañas que no daban pie para el entendimiento y como ellos eran árboles azules sencillamente movían sus ramas y comenzaban a bailar hacia la infinidad contenida de sus lánguidas noches de tertulias.

viernes, 10 de julio de 2009

En el bosque un día


Había un bosque, era un bosque muy bello rodeado de plantas con aromas diversos y aterciopelados, el cielo comenzaba a ponerse de color carmín y pequeñas aves volaban raudo hacia sus nidos donde de seguro estaban sus polluelos esperando por algo de comer. caminé incesablemente recorriendo aquel paraje con encanto inocente, no sabía con que podría encontrarme, de pronto de la nada apareció un árbol muy enorme frente a mis ojos, no tenía hojas, en vez de eso tenía pequeñas esferas luminosas que emitían un dulce zumbido invisible, lentamente me acerque al árbol, para poder tocarlo y sentir la textura de su madera añosa y su aroma gastado, cuando llegué a el quedé fascinada, el zumbido de las esferas luminosas era como el canto de los grillos durante alguna noche estrellada, relajada decidí dormir una siesta justo debajo del árbol y entre sus raíces que casi querían salir caminando me dormí profundamente, no recuerdo cuanto tiempo dormí pero fue uno de los sueños más relajantes y bonitos que tuve. Al despertar el zumbido de las esferas era más sonoro que antes, presentía que ya no estaba sola en el árbol, temeros me asome por un costado de su tronco para ver que era lo que sucedía y allí lo vi, era un ser delgado con orejas puntiagudas y una nariz muy larga que emitía un resplandor amarillo casi celestial, estaba haciendo malabares con las esferas del árbol, no me atreví a hablarle preferí simplemente observar en silencio como lo hacen las flores.

jueves, 2 de julio de 2009

El agua

Pase un buen rato mirando el agua que había en el piso, mientras el reloj sonaba sereno, como un sonido casi imperceptible por su continuidad infinita, era el sonido complementario infaltable para una escena tan misteriosa como la que estaba viviendo. Mientras la humedad se disipaba lentamente los reflejos que se formaban en el agua parecían dibujar esferas acuosas que lentamente iban adquiriendo colores, y de la nada comencé a ver un paisaje, era un jardín, me parecía familiar, era mi propio jardín. En realidad no me sentí asombrada, de alguna ajena manera aquella humedad logró apaciguar mi nerviosismo y mi capacidad de asombro tanto así que ni siquiera me inmutó el pronto reconocer la aparición de la figura de mi gato rezongando sobre una silla de mimbre bajo los cálidos rayos del sol, al menos por fin ya sabía dónde estaba Hipólito y esa ya era una preocupación menos, ahora solo restaba secar la habitación y ventilarla pues un extraño aroma irreconocible comenzaba a adquirir forma… Pero de pronto algo me hizo sentir diferente, no sabría explicar si sería el irrealismo absoluto de la situación que se entremezclaba con sensaciones de incertidumbre amordazadas bajo el colchón de mi cama o quizás sería el tic tac del reloj que de un momento a otro se detuvo bruscamente como si ya estuviera cansado de ser ignorado durante años a pesar de estar en costante moviento y de cumplir un trabajo agotador y enfermizo, fue absurdo porque de no ser porque dejo de sonar no me hubiera fijado en el, en realidad no sé lo que sucedió, pero una sensación entró en mis narices me inundo así como el agua a mi habitación y sentía que el asombro llegaba y que mi piel comenzaba a latir y mi cabello comenzaba a moverse como el oleaje de un mar desnudo.