jueves, 2 de julio de 2009

El agua

Pase un buen rato mirando el agua que había en el piso, mientras el reloj sonaba sereno, como un sonido casi imperceptible por su continuidad infinita, era el sonido complementario infaltable para una escena tan misteriosa como la que estaba viviendo. Mientras la humedad se disipaba lentamente los reflejos que se formaban en el agua parecían dibujar esferas acuosas que lentamente iban adquiriendo colores, y de la nada comencé a ver un paisaje, era un jardín, me parecía familiar, era mi propio jardín. En realidad no me sentí asombrada, de alguna ajena manera aquella humedad logró apaciguar mi nerviosismo y mi capacidad de asombro tanto así que ni siquiera me inmutó el pronto reconocer la aparición de la figura de mi gato rezongando sobre una silla de mimbre bajo los cálidos rayos del sol, al menos por fin ya sabía dónde estaba Hipólito y esa ya era una preocupación menos, ahora solo restaba secar la habitación y ventilarla pues un extraño aroma irreconocible comenzaba a adquirir forma… Pero de pronto algo me hizo sentir diferente, no sabría explicar si sería el irrealismo absoluto de la situación que se entremezclaba con sensaciones de incertidumbre amordazadas bajo el colchón de mi cama o quizás sería el tic tac del reloj que de un momento a otro se detuvo bruscamente como si ya estuviera cansado de ser ignorado durante años a pesar de estar en costante moviento y de cumplir un trabajo agotador y enfermizo, fue absurdo porque de no ser porque dejo de sonar no me hubiera fijado en el, en realidad no sé lo que sucedió, pero una sensación entró en mis narices me inundo así como el agua a mi habitación y sentía que el asombro llegaba y que mi piel comenzaba a latir y mi cabello comenzaba a moverse como el oleaje de un mar desnudo.

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