domingo, 27 de junio de 2010

El colector de atardeceres


El sol se ocultaba nuevamente mientras el horizonte desplegaba sus colores marinos que expelían tiernos tonos de acuarela rosa fundida con el viento. Había visto tantas veces el espectáculo de un atardecer y cada cual era distinto a otro, un lenguaje ambiguo y silente que me permitía encontrar algunos momentos de sosiego en medio de la ciudad que crecía a pasos largos.

Los autos siempre a mi espalda corrían y rugían como fieras sueltas y los edificios tan altos fácilmente pretendían competir contra los cerros que todo lo rodeaban vigilantes con sigilo de tierra ceñida al tiempo, Fue entonces cuando recordé la historia del colector de atardeceres un hombre que quizás nunca existió pero por alguna razón su historia era contada entre los seres más furtivos de una ciudad mitad sol mitad mar. No se sabe donde nació ni de dónde venía simplemente se cuenta que era un hombre muy viejo con una barba plateada que casi le comía la cara, olía la mayoría del tiempo a vino tinto y llevaba sagradamente un saco en su espalda, un saco blanco que colgaba como un péndulo fantasma mientras 20 quiltros le cuidaban la espalda. Se paseaba por las rocas como si aquellas fueran de su pertenencia, dicen que saltaba en los roqueríos como un joven muchachito, iba hacia el norte, volvía hacia el sur, luego caminaba por el centro de la ciudad entre medio de la gente que parecía rehuirle, a veces desaparecía como un punto solitario entre edificios y cemento y ropa limpia en cuerpos fugaces. Nadie podía suponer que en la vida de aquel haraposo ser se ocultara un acto de magia muy sublime. Todo sucedía durante las tardes soleadas cuando el sol se ponía en el agua, en esa línea extensa e infinita donde se envuelven las nubes del vaho salado que emigra hacia el cielo, mientras los colores nadan y retozan a veces serenos otras veces violentos sobre la atmosfera y las nubes. Cuando un arrebol nacía, el colector de atardeceres juntaba sus manos y las ponía en su rostro formando un circulo en su mirada, y hasta que los colores se hubieran esfumado cerraba el circulo con sus dedos, ya atrapado el atardecer en sus manos el colector lo metía rápidamente en una botella, la cual previamente hubo sacado del saco blanco que llevaba en su espalda colgando, luego de aquello la botella era cerrada y en el transcurso en que la oscuridad comenzaba a dominar el cielo la botella comenzaba a brillar como un sol carmín furtivo, todo aquel que veía la botella quedaba maravillado con la majestuosidad de los colores tan reales, el colector se sentaba un buen rato a admirar la botella junto a sus perros, hasta que los colores se desvanecían silenciosamente. Dicen que solo pocos seres podían ver los colores en la botella, los seres más furtivos de una ciudad mitad sol mitad mar, yo jamás los vi porque no conocí al colector de atardeceres, aun así siempre que veo un atardecer pienso en la historia de aquel viejo que creía que con las manos podía colar los colores bellos del cielo y atraparlos en una botella transparente.

sábado, 26 de junio de 2010

El trepador de árboles


Se ha subido a un árbol, a recitar poesías con un tono de voz rimbombante que hace voltear a la gente que pasa por allí, gente acelerada que levanta la cabeza y lo mira con ojos aturdidos para luego seguir caminando como si nunca lo hubiesen visto.

De poesía no sabe, pero nadie dijo que para hacer poesía había que saber algo, la poesía está en el aire, en las bancas de los parques, en la espuma de las olas en la playa, en las ollas sobre el fogón de una cocina vieja o en el sombrero de alguien y así lo hacia él de su sombrero sacaba bellos poemas que recitaba montado en los árboles…