jueves, 30 de diciembre de 2010

La espera

Todos esos sueños que quedaron amarrados a la pata de una silla, nadie los devolverá. El tiempo es mezquino, como un animalejo grisáceo que consume todo sin remordimientos, aunque a veces deja restos imperceptibles que puedo tomar y guardar en algún bolsillo de mi chaqueta, para más tarde lavarla y olvidar que allí estubieron.

Hoy estoy analizando los sucesos que acontecen sobre este planeta tan azul y divino. Hablan de tragedias en la televisión, ayer cayó el muro de Berlín y el papa Juan pablo segundo resucitó de entre los muertos, pero lo que más me llamó la atención fue la noticia de un joven genio que con sus ojos es capaz de materializar las palabras en el mar.

Alguna vez me interesé en la magia. Al comienzo podía hacer sencillos trucos como convertir una pequeña flor en mariposa, pero cuando me dijeron que la magia no era más que una mera ilusión, no pude volver a hacer truco alguno, y así mi futuro como maga se vio truncado, como tantos otros sueños que a veces naufragan solitarios entre mis pensamientos diurnos.

Los sueños nunca mueren, simplemente nacen… siempre pueden vivir, tomando formas tan diversas como la de una cuchara o de una figura de porcelana, varada sobre algún estante de madera, llenándose de polvo; lo importante es saber recordar como fuimos niños y revivir aquello con el viento de antaño.

lunes, 27 de diciembre de 2010

La mujer de los botones


Caminaba por el medio de la acera de un callejón melancólico, sin más compañía que su sombra y el brillo taciturno del sol que buscaba refugio en su piel. Su nombre era Luz, una muchacha menuda y de ojos grises; de rasgos sencillos pero a la vez profundos; tenía pecas en la cara, además de un cabello revuelto como una selva de ondas salvajes que no llegaban más allá de los hombros. Sus movimientos eran pausados, como los de un ave buscando alimento. Parecía sumida en conversaciones internas que a ratos escapaban a través de algún movimiento involuntario de su boca. Observaba todo con total naturalidad, pero al mismo tiempo con la secreta intención de encontrar a alguien.

La ciudad despertaba a rezongos, sintiendo el sonido de los autos que a esa hora rondaban las calles. El mar a la distancia intentaba cubrirlo todo con su estela, sazonando su vaho marino en los rincones más ocultos de la ciudad. Luz miraba una nube huérfana desvanecerse bajo el sol cuando sintió el aroma del mar entrar por su nariz; cerró los ojos y fue como una inspiración de sal la que invadió su cuerpo, elevándola algunos milímetros del suelo durante un breve instante. Cuando volvió a abrir los ojos creía que de un sueño despertaba, hasta que el ronronear de un gato pérfido refregando su lomo en sus piernas la hizo recordar la razón por la cual había llegado hasta aquel callejón. Le sonrió al felino con cortesía y luego lo correteó con un zapateo danzarín, tras lo cual el gato huyó, avanzando unos cuantos metros hasta llegar a una casa en donde trepó por un tubo de fierro y a duras penas y tras jocosas maromas pudo subir hasta la azotea de la misma, en donde una anciana de cabello cobrizo tendía ropa sobre un tendedero de alambre. Entonces Luz con el aliento contenido descubrió que aquella era la persona que buscaba.

Todo allí parecía extraviado en el tiempo; desde un cúmulo de casas cubiertas por el hollín del olvido; hasta un auto polvoroso, repleto de recuerdos, varado simplemente a un costado de la acera. Pero a pesar de aquello, un añoso árbol de jacarandá rebosaba aires de vida moviendo sus ramas y esparciendo sus florecillas de color azul violáceo por todo el callejón, al mismo tiempo en que diversas palomas cruzaban de un techo a otro, tejiendo caminos imaginarios con sus alas. Antes de golpear la puerta, analizó bien la estructura de la casa que extrañamente le parecía familiar. Era antigua y estrecha, de tres pisos; tenía restos de pintura verde oliva por toda la fachada y en los costados había dos ventanas que dejaban ver un visillo amarillento carcomido por el sol. Tocó la puerta tres veces tras lo cual la casa pareció lanzar un breve suspiro. Pasados unos minutos la puerta se abrió unos centímetros, dejando escapar una esencia a matico y madera mojada.

-Que quiere- dijo una voz Agridulce.
-Me gustaría hablar con la mujer de los botones- contestó Luz algo nerviosa
-Aquí no vive Nadie- replico la voz quebrajándose un poco.
-La vi tendiendo ropa en la azotea, no me mienta- insistió.
Tras aquello la puerta se abrió por completo dejando ver el pequeño cuerpo de una anciana lucida, de cabello cobrizo y mirada inquisidora.
-Para que quiere verme- habló la anciana.
-Oí de su historia, me gustaría que me dijera si es verdad- respondió la muchacha efusivamente. Y tras un silencio anacrónico la anciana la dejó entrar.

Avanzaron por el pasillo que tenía dos puertas, una a cada costado, entraron en una de ellas en donde se desveló una habitación con olor a encierro y libros viejos, era una salita algo oscura, destinada a recibir visitas que nunca llegaban y solo alumbrada por la luz que silenciosa se esparcía a través de la ventana. Había un sofá grande de terciopelo verde y una mesita de centro repleta de adornos de porcelana de distintos tamaños y a un costado una enorme repisa con copas y retratos de personas que quizás nunca existieron, mientras el papel mural con diseños florales se caía piadoso de las paredes dejando ver una muralla desnuda y friolenta. La anciana hizo sentar a la muchacha en el sofá mientras salía de la habitación hacia algún otro rincón de la casa. Cuando volvió, entre sus manos llevaba una gran caja de zapatos, la que abrió justo después de sentarse junto a Luz, respiro profundamente y metió su mano dentro de la caja que estaba repleta de botones de todos los materiales y colores, y mientras movía la mano en esa marea colorida comenzó a hablar con su vocecita carcomida por los años.

-Tenía 15 años cuando empecé a juntarlos, al comienzo era divertido, los sacaba de la ropa sucia o que ya nadie usaba, pero a veces los encontraba en la calle, esos eran los que más me gustaban, eran mágicos, hablaban solos, me contaban cosas- la anciana tragó un poco de saliva y prosiguió. -Sin darme cuenta pasaba el tiempo escuchándolos hablar sin jamás cansarme de oírlos. Tenía cientos acumulados, los metía en cajas y más cajas, que se hacían pocas. Me obsesionaban sus colores, sus formas, sus voces e incluso sus olores. Solo me bastaba estar con ellos para ser feliz. Pasaban los años y era capaz de recorrer la ciudad entera buscando botones sin preocuparme de nada más en la vida, hasta que tristemente un día sentí un crujir dentro de mí. Era la soledad que había empezado a secar mi alma y de repente sin previo aviso los condenados botones dejaron de hablarme, me dejaron sola sin más compañía que mi vejez, un gato y esta casa vieja que se desarma de a poco; tarde para volver a empezar- la anciana saco la mano de la caja y acaricio la cabeza de la joven que admirada escuchaba sus palabras, y tras un suspiro mudo entre ambas, pudo reconocer su cabello rojizo de juventud y sus propios ojos grises en los de ella, pues descubrió que era ella quien hablaba y escuchaba, la coleccionista de botones. Continuó hablando con ella por horas sin siquiera abrir la boca, rieron y lloraron juntas hasta que el sol desaparecía y con él se desvanecía Luz, el recuerdo de su adolescencia, visitándola en la agonía de su soledad, en el triste despertar de su cordura que muchos años estuvo pérdida por unos cuantos botones.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Alelí sonreí mirando los techos de las casas


La ropa bailando con el viento, colgando en los techos de las casas, sobre algún tendedero maltrecho.
Una enredadera florida, envolviendo una ventana.
Un árbol que tiene flores con forma de campanas, amarillas, grandes; dan al patio de la casa contigua y cuelgan como vestidos de reinas olvidadas.
Palabras que pasan volando y se desarman al chocar con alguna pared o se enredan en las alas de alguna paloma atolondrada.



Sé que tienes un caleidoscopio en tus orejas
por eso no mejas mirar dentro de ellas
He intentado sorprenderte de mi modos
pero siempre me delato
sé que tienes un caleidoscopio en tus orejas...