miércoles, 5 de enero de 2011

Laurentino

Se corta las uñas sentado en una banca de madera, bajo la sombra de un peral dormido que deja pasar algunos rayos de sol entre sus ramas. Con el cabello suelto y mojado, goteando lánguidas lagrimas sobre su espalda desnuda; siente el sonido voraz del cortaúñas que le resulta extrañamente placentero. Rodeado de flores y plantas, de las más diversas castas; se sabe envuelto por el aroma matutino del jardín que le relega del mundo; le abstrae hacia un reino florido, armonizado por insectos que danzan en el aire sembrando un mudo rastro de existencia sobre pistilos y pétalos. 

Cuando hubo cortado todas las uñas de sus ásperas manos huesudas, guarda el cortaúñas en uno de sus bolsillos y se pone de pie para tomar la camisa a cuadros que el día anterior había lavado y colgado en una soga atada entre dos árboles, enseguida la sacude con fuerza, tanta, que puede observar diminutas mariposas de olvido escapando tras la estridencia del movimiento; luego de abotonarse la camisa, con un desgastado elástico negro amarrar su pelo, aún húmedo, en un moño que cuelga como un gris animal adormecido. Antes de partir admira su jardín, observa la amalgama de colores que rebeldes se desparraman sobre la tierra y en plataformas de metal oxidado donde bullen maseteros con enredaderas que trepan por todo lo posible, incluso por la huérfana soga en donde cuelga la poca ropa que sobrevive. Como un director de orquesta, tras una ráfaga de viento, mese con la punta de su dedo índice un grupo de flores de un lado a otro, calculando al mismo tiempo cuantas le harían falta para llenar aquel espacio que quedó vacío al haber cambiado una maseta de lugar.

Su nombre es Laurentino, un viejo flaco y solitario que vive en una antigua casa repleta de muebles y fantasmas esporádicos. De ojos claros y piel morena, parece tener la estampa de un árbol andante, silencioso y sagaz. Nadie conoce bien su historia, simplemente se escucha uno que otro rumor sobre él en alguna esquina cuando lo ven pasar sobre su bicicleta enclenque, que a duras penas resiste el pasar del tiempo, al contrario de él que a pesar de su edad mantiene las fuerzas suficientes como para subir empinadas calles sin flaquear. No tiene más ambiciones en la vida que cuidar el jardín que con esfuerzo ha labrado en el fondo del patio, en donde a través del perfume de las flores puede percibir el recuerdo más profundo de su difunta esposa reposando en una nube olorosa sobre su memoria. Un jardín que lentamente se ha ido enraizando en su alma; del cual no puede escapar, ni dejar de custodiar la vida que crece constante en aquel trozo de tierra oculto dentro de una casa corroída por el aliento del olvido. 

Montado en su bicicleta añeja, pedalea escuchando el sonido de sus huesos replicar. Sus ojos verdes, enmohecidos, resplandecen con la luz del sol, que se engancha a su cuerpo y lo acompaña entre calles repletas de casas y personas que se desvanecen tras su paso. Esquiva autos, perros y niños, con la mirada alerta, como un radar humano que busca secretamente algo. Cuando ya ha recorrido diversas calles sin definir un rumbo, recuerda aquel lugar en donde siempre encuentra lo que busca. Hace varias semanas que no ha vuelto; dejo de hacerlo tras ser atacado por una mujer gorda de nariz puntiaguda, que le dio de escobazos en la cabeza al sorprenderlo robando plantas de su exuberante antejardín. Por suerte aquel día logró escapar con el botín intacto, el cual consistía en una estrafalaria enredadera de flores rojas que exhalaban un perfume de ensueño. A pesar del susto que pasó y del dolor que le causaron los golpes de la mujer, hoy se arriesgará a regresar, pues aquel espacio vacío entre sus plantas debe ser saciado.
El jardín de Laurentino es una maraña indiscriminada de seres vegetales que respiran y se tuercen disimuladamente, van y vienen como un péndulo salvaje que de todo pretende apoderarse. Comenzó a cultivarlo hace años, después de sumergirse en la soledad más despiadada tras la muerte de su esposa, Ester, su compañera de vida. Ambos forjaban un menjunje de seres inconclusos, que sólo tomaba forma al unirse. Ajenos al mundo, al devenir de los años y amparados por la muda presencia de los hijos que jamás nacieron, no podía ser el uno sin el otro. Ella era una mujer envuelta por aureolas de sueños vagabundos, cavilando siempre a un costado de la locura, y él como un personaje imaginario la contenía fielmente, con la única esperanza de sentir algún atisbo de felicidad. Así pasaban sus vidas, décadas unidas, hasta que un día Ester, sin previo aviso decidió morir, dejando Laurentino sin más compañía que una casa polvorosa repleta de muebles sin sentido. Durante aquel periodo de penurias no hacía más que intoxicar su cuerpo con alcohol para sentirse lleno de algo. El vacio que sentía era absoluto, tanto que llego a pensar que su alma se desvanecería irremediablemente hasta esfumarse. Sólo, ebrio y con los pantalones humedecidos por su propia orina se vio despertando un día en un parque, entre un cúmulo de plantas; tras una dura bofetada de sol, sintió un olor inusual salpicando su oxidado corazón, era la dulce escancia de las flores de lavanda que envolvía sus entrañas, despertándolo así del sueño alcoholizado; instantáneamente sintió la presencia de Ester, la estela del aroma de su pelo bohemio aparecía en su memoria hambrienta, tan definida como si nunca hubiera fallecido. Aquel día, de una manera fortuita, descubrió la forma de mantener vivo el recuerdo de su esposa, simplemente reflejando su esencia etérea en la de las flores. Entonces, ansioso arrancó un par de matas de lavanda de raíz, e ilusionado y tambaleándose por las calles volvió a su casa y allí las trasplanto para sí, aferrándose a aquella idea de vida oculta en los recuerdos, como a un íntimo secreto que le permitiría salvar su alma de la condena solitaria que llevaba a cuestas. Desde entonces, obsesivamente comenzó a plantar flores azarosas en el patio de su casa; pasaba el tiempo llenando su jardín con cualquier ser vegetal que le hiciera recordar a Ester. Iba consiguiendo plantas por toda la ciudad, robándolas de los lugares más diversos, recorriendo grandes distancias, primero a pie, y luego en una bicicleta que se transformó en su más fiel compañera. 

Parado al costado de la acera de una avenida y embelesado por el crudo olor del pasto que poda un jardinero, espera a que la luz del semáforo de enfrente le permita cruzar; intenta formular mientras tanto una idea para poder robar algunas plantas sin ser sorprendido nuevamente; si bien es bastante hábil y con el tiempo ha aprendido a dominar el arte del camuflaje, los últimos años le pasan la cuenta y cada vez le cuesta más volverse invisible, pues el sonido de sus huesos lo delata. Pero a pesar de su entusiasmo por conseguir nuevas flores, no logra formular idea alguna, pues al cambiar de color la luz del semáforo, y comenzar a pedalear, una enorme camioneta que aparece de la nada, como una vestía de metal, arrasa con la pobre bicicleta, y su flaco cuerpo de carne y madera termina elevado varios metros en el aire, flotando a merced del viento como una seca hoja de laurel. Cuando al fin toca el suelo, un charco de sangre recorre el asfalto, mientras los huesos se le han desvanecido, pero a pesar de aquello su semblante no delata ninguna especie de dolor, es más, sus ojos brillan como nunca lo hicieron antes, placidos y libres. Y así se queda, tirado en el suelo, siendo testigo de su propia muerte a través de las miradas compasivas de los curiosos que le rodean; escapando al fin de aquel jardín por el cual vivía y ahora moría. 

Pasan los años y a su casa nadie ha vuelto a entrar, ni siquiera los fantasmas que solían visitarla. Aun así, sé con certeza que el jardín sobrevive, más fiero que nunca, excediendo los límites del patio, llegando a poblar paredes y muebles dentro de la casa. Pero a pesar de su soberanía, un trozo de tierra permanece siempre vacio, incólume, junto al recuerdo de Ester, esperando a que el viejo Laurentino vuelva, con las flores que nunca traerá.

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